Marcos Ana: A fuerza golpes fuerte

Por José Luis Esparcia

Marcos Ana y José Luis Esparcia

Marcos Ana y José Luis Esparcia

Lo escribió Miguel Hernández en “El niño yuntero”, y Francisco Macarro, después Marcos Ana en honor de sus padres, lo asumió literalmente. Sus 23 años de cárceles franquistas no hicieron más que modelar un ser humano en toda su extensión, en la máxima expresión de humanidad: su amor y respeto por los demás. Incluso cuando debió tomar posición bélica, lo hizo con un sentimiento fraternal que después le ha acompañado y le ha hecho un comunista de verdad, de los que practican su mensaje de justicia y solidaridad, y se convierten por ello en ejemplar. Aunque Carlos Álvarez fue el poeta que más veces ingresó en la cárcel, Marcos Ana fue el que más año las sufrió, y eso quedó bien reflejado en su obra.

Su obra poética, tardía como casi todo en la vida de Marcos Ana, excepto el sentimiento humano que le lleva a la aludida fraternidad real, refleja estos sentimientos de un modo totalmente accesible para cualquier persona. Poeta directo pero profundo, dejó poemas de gran conexión con el pueblo al que se dirigía. Pero uno de los emblemas que ha quedado, se refiere al anhelo de libertad:

 
DECIDME CÓMO ES UN ÁRBOL

Decidme cómo es un árbol,
contadme el canto de un río
cuando se cubre de pájaros,
habladme del mar,
habladme del olor ancho del campo
de las estrellas, del aire
recítame un horizonte
sin cerradura y sin llave
como la choza de un pobre,
decidme como es el beso de una mujer,
dadme el nombre del amor,
no lo recuerdo.
¿Aún las noches se perfuman de
enamorados
tiemblos de pasión bajo la luna
o solo queda esa fosa,
la luz de una cerradura
y la canción de mi rosa?
22 años, ya olvidé
la dimensión de las cosas,
su olor, su aroma,
escribo a tientas el mar,
el campo, el bosque, digo bosque
y he perdido la geometría del árbol.
Hablo por hablar asuntos
que los años me olvidaron.

No puedo seguir:
escucho los pasos del funcionario.

El monstruo se despierta

Por Francisco Javier Guerrero

Prólogo del libro colectivo Diodati, la cuna del monstruo

diodati-webSe le atribuye a Schiller la frase «no existe la casualidad, y lo que se nos presenta como azar surge de las fuentes más profundas». El destino, siempre a punto de morir y siempre renacido, convierte la fortuna en un trozo de cielo. No fue casual, por lo tanto, que el verano de 1816 sufriera las consecuencias de la erupción del monte Tambora en Indonesia en abril del año anterior, ni que las bajas temperaturas ocuparan el estío y las cenizas apagaran nuestra estrella, que la quebraran igual que se quiebra un ídolo de arcilla, ni que los Shelley, Byron, Polidori, recogieran el hilo de las sombras para transformarlo en cuentos, ni tampoco las conversaciones, doscientos años más tarde, con Ángel Olgoso sobre el paisaje intelectual de aquella época, sus laberintos, tragedias e intereses, plantando la semilla de este hermoso proyecto, arropados por la intimidad y el sigilo, qué casualidad que ambos tuviéramos una deuda con Villa Diodati, ¿no?, no lo fue, por supuesto, ni que los misterios fueran grandes monumentos funerarios de papel, Frankenstein, El Vampiro, dos pasiones alentadas por el terror y el hielo, ni que las veladas que acogió la magnífica residencia fueran el lienzo perfecto sobre el que volcar los miedos de otro tiempo, aquel, este, qué importa, ¿acaso no todas las estaciones son el mismo hermoso lugar para esperar la nada?

Diodati, la cuna del monstruo, surge de un compromiso, de un deber libre y soberano con el encuentro que propició la aparición, igual que sus quimeras, de dos libros esenciales para la literatura moderna; también con el lugar, la villa, un espacio pulsado por el hechizo histórico de las letras; y con el ideario de insumisión política y vital que, como nos recuerda Inés Mendoza en su El Romanticismo: tormenta y rebelión, eleva a sus autores por encima de la popularidad «terrorífica» y del anecdotario con el que, a veces, se oculta su irrevocable rebeldía.

El legado de aquella reunión que tanto ha influido en todas las disciplinas artísticas, no solo literarias, también musicales, plásticas, escénicas y visuales (sobre todo en el cine), reluce como un faro que ha detenido el tiempo y se ancla en nuestros días, en nuestros poetas, ilustradores, narradores y cronistas, cargado a sus espaldas, por decirlo con los versos de Valente, para ascender de nuevo hacia la luz. Para seguir creando, dando vida, alumbrando nuevos mundos y horizontes de los que da cuenta este volumen. Cada autor pone el foco en una habitación del mito, de la historia o de la casa, en una de las muchas cicatrices del monstruo, en un sueño o en una utopía, en el reflejo de lo que pudo ser, en un análisis certero o en una interpretación, en un tributo o en un agradecimiento al fin y al cabo, en la silueta del mismo paisaje que en todas las páginas revela un punto iluminado del eclipse.

 

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Carlos Álvarez: una voz única y referente

Los sueños, el amor, las intenciones,
son lugares de paso. La resaca
posterior al recuerdo, ¿por qué siempre
nos deja este sabor de almendra amarga?

Así comienza el poema “Una historia de dos ciudades” y cuyo primer verso da título a la Obra Poética Completa de Carlos Álvarez que acaba de publicar Adeshoras.

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Carlos Álvarez

Esta edición representa una recuperación del sentido de actualidad de la propia obra de Carlos Álvarez y de lo que representa como poeta significativo de la poesía de compromiso social y de testimonio, una poesía que refleja la importancia del ser humano en sus más evidentes situaciones de convivencia fallida: el sufrimiento y la falta de valores que provoca este sufrimiento, además del esfuerzo y el compromiso de personas que creen en los valores de convivencia.

Estos valores son representados de forma ejemplar por la obra de Carlos Álvarez y por la actitud del propio autor, que fue ejemplo, durante la dictadura y la transición, de la honestidad y la solidaridad que pregona en sus escritos.

Los años de cárcel sufridos por Carlos Álvarez desde 1958 (primera detención), hasta 1974, tercera y última detención hasta su salida de la cárcel de Carabanchel a final de noviembre de 1975, tras morir Franco, marcaron su obra, como la marcó su sentido de ser humano que ha venido para algo más que para “ver el cielo”, como dejó dicho Blas de Otero (“pero yo no he venido a ver el cielo”). Y eso significa que siente haber venido para que su poesía sea elemento de fraternidad y de convivencia pacífica entre seres humanos.

La belleza lírica, sostenida por la capacidad musical del autor y por su don para dominar la métrica, acompaña el valor del mensaje social.

Por tanto, estamos ante un poeta que es ejemplo, en los últimos 50 años de la poesía española, para quienes desean hacer una poesía total y completa. Un poeta que, como pocos, ha conseguido el privilegio de tener “voz única y referente”.

DIODATI, la cuna del monstruo

Por Carlos Guerrero

Villa Diodati y la luna. Edward Francis Finden

Villa Diodati y la luna. Edward Francis Finden

Si la vida es un sendero de caminos que se bifurcan, Villa Diodati hizo confluir el paisaje intelectual de una época y el laberinto imposible de unas mentes acompañadas por la tragedia y el deseo. Arropadas por el misterio y difuminadas por el paso del tiempo, las veladas que  acogió la formidable residencia a la orilla del lago Lemán, en Suiza, fueron el lienzo perfecto sobre el que volcar los miedos de una época que despertaba a golpes de progreso científico y fricción política.

El verano de 1816 sufrió las consecuencias de la erupción del monte Tambora en Indonesia en abril del año anterior. Las nubes de ceniza volcánica oscurecieron el sol, las lluvias aumentaron y el frío se convirtió en un pasajero sin prisa. La lluvia y el frío invitaban al refugio y la oscuridad de media tarde trajo la luz temprana de las velas y las sombras propicias para que las mentes inquietas crearan pesadillas que alejaban el sueño.

El 26 de mayo de 1816, Lord Byron y su amigo y médico personal, John Polidori, llegan a Suiza y alquilan la Villa Diodati para pasar allí los meses de verano. Se sucederán noches de largas charlas literarias y disquisiciones intelectuales. Cuando Lord Byron invitó a aquellos presentes en Villa Diodati a recoger el hilo de las sombras para transformarlo en un cuento, un nuevo sendero se bifurcó para pavimentar la tradición moderna de la literatura de terror. A pesar de que varios fueron los que contribuyeron a mitificar estas veladas, Mary Shelley y John Polidory concibieron dos de las más influyentes novelas  románticas, Frankenstein y El Vampiro. Ambas, herederas del terror gótico de Walpole o Lewis, nacieron de un sol oscuro, de unas biografías de renglón torcido; hijas de una época convulsa. Abocadas a la oscuridad que encierra el triunfo de una luz ahogada, como describe Byron en su poema Darkness:

[…]

Ships sailorless lay rotting on the sea,            
And their masts fell down piecemeal; as they dropp’d,    
They slept on the abyss without a surge—    
The waves were dead; the tides were in their grave,    
The Moon, their mistress, had expired before;    
The winds were wither’d in the stagnant air,            
And the clouds perish’d; Darkness had no need    
Of aid from them—She was the Universe!

DIODATI, la cuna del monstruo, surge de este fragor sordo que acuna nuestros miedos y deseos. Adeshoras está preparando una compilación de textos que revisitan los muros de la Villa para despertar insólitas quimeras con susurros de otro tiempo y otro lugar, una publicación que verá la luz el próximo otoño.

Flint Castle. William Turner.

Flint Castle. William Turner.

Escritores/as participantes: María José Codes, Alfonso Cost,  Óscar Esquivias, Ignacio Ferrando, Carlos Guerrero, Francisco Javier Guerrero, Raquel Lanseros,  Francisco López, Inés Mendoza, Manuel Moya, Manuel Moyano, Ángel Olgoso, Ricardo Reques, David Roas, Ana María Shua, Marina Tapia, Manuel Vilas y Miguel Ángel Zapata.

Ilustradoras/es participantes: Carlos Arrabal, Raquel Boucher, Lola Castillo, Norberto Fuentes, Ana Vázquez y Soledad Velasco.